Ascensión
para Julio Ángel Morales Reyes
Abrió los ojos, ya no le punzaban. La claridad en el ambiente, la diáfana presencia de los rayos del sol iluminando el ancho de la banqueta le hicieron parpadear en varias ocasiones. La escena era la misma, el mosaico quebrado de la acera, los parquímetros, a lo lejos el puesto de revistas y en esta ocasión una persona recargada en una vitrina de esas que exhiben birotes gigantes para su venta. A diferencia de otros despertares ahora las imágenes no se extraviaban, la realidad se dejaba atrapar. Podía mantener la vista fija sin que se le entrecruzaran los objetos, había dejado de experimentar el vértigo continuo en el que vivía, día y noche, siempre que se mantenía en vigilia. Notó también que su estomago no ardía, ni su cerebro se quemaba, los eternos murmullos no rondaban más por su cabeza, habían desaparecido. Sintió temor.
Sin mayores calambres musculares ya, se revisó y de entre sus harapos, en la bolsa del pantalón, palpó el botecito de alcohol rebajado con poca agua. Sus miedos se esfumaron. Antes de dar un primer trago quiso seguir disfrutando ese nuevo despertar ausente de calamidades, por su cabeza pasaban suaves pensamientos y no aquellas voces candentes o esos helados susurros que le acompañaban incesantes. "Tú no te llamas Armando, te llamas Fabián". A lo lejos divisó un par de policías que se dirigían directo a él, caminaban sincronizados a un mismo paso, en la medida que se acercaban podía distinguir el impecable azul de los uniformes, lo brillante de sus insignias. "Tuviste tres hijos, dos mujeres, una casa". Cuando llegaron a él, desde el suelo observó los dos pares de botas, con el lustre y las amarras propias de los buenos cadetes, levantó su mirada para encontrar los ojos de los uniformados. "Jugaste cuando niño, tuviste seis hermanos, madre y padre". Ambos a un mismo tiempo se reclinaron, le cogieron cada cual del codo y antebrazo, lo sacaron de entre los cartones, el periódico y una sabana sucia, apestosa. "Tuviste momentos de fortuna y esperanza". Sus pies apenas tocaban el piso, sostenido en ambos flancos por el par de policías. No mostraban agresión, ni enfado, le sostenían encaminándole por la 5 de febrero. "Fuiste víctima y victimario, viviste lo que pudiste y no llegaste a los cuarenta años". Caminaban en línea recta, el andar ligero del grupo se volvió etéreo, la marcha uniforme del par de policías se dirigía hacía arriba, caminaban elevándose veloces, pronto cruzaron el entramado de cables de energía eléctrica. Miró hacía abajo y observó el techo del edificio de la Central Camionera que lo había llevado a esa ciudad, el tránsito por la calle de Los Ángeles estaba cargado, como siempre a esas horas del día. Vino a su mente el recuerdo de aquellos felices días, cuando niño descolgaba guamúchiles de los árboles, llenaba dos bolsas e iba a venderlos a la plaza. Sacó su botecito de alcohol para darle un trago profundo y prolongado, su visión se nubló gris del todo, los uniformados le internaban en una nube espesa de ese cielo azul.
para Julio Ángel Morales Reyes
Abrió los ojos, ya no le punzaban. La claridad en el ambiente, la diáfana presencia de los rayos del sol iluminando el ancho de la banqueta le hicieron parpadear en varias ocasiones. La escena era la misma, el mosaico quebrado de la acera, los parquímetros, a lo lejos el puesto de revistas y en esta ocasión una persona recargada en una vitrina de esas que exhiben birotes gigantes para su venta. A diferencia de otros despertares ahora las imágenes no se extraviaban, la realidad se dejaba atrapar. Podía mantener la vista fija sin que se le entrecruzaran los objetos, había dejado de experimentar el vértigo continuo en el que vivía, día y noche, siempre que se mantenía en vigilia. Notó también que su estomago no ardía, ni su cerebro se quemaba, los eternos murmullos no rondaban más por su cabeza, habían desaparecido. Sintió temor.
Sin mayores calambres musculares ya, se revisó y de entre sus harapos, en la bolsa del pantalón, palpó el botecito de alcohol rebajado con poca agua. Sus miedos se esfumaron. Antes de dar un primer trago quiso seguir disfrutando ese nuevo despertar ausente de calamidades, por su cabeza pasaban suaves pensamientos y no aquellas voces candentes o esos helados susurros que le acompañaban incesantes. "Tú no te llamas Armando, te llamas Fabián". A lo lejos divisó un par de policías que se dirigían directo a él, caminaban sincronizados a un mismo paso, en la medida que se acercaban podía distinguir el impecable azul de los uniformes, lo brillante de sus insignias. "Tuviste tres hijos, dos mujeres, una casa". Cuando llegaron a él, desde el suelo observó los dos pares de botas, con el lustre y las amarras propias de los buenos cadetes, levantó su mirada para encontrar los ojos de los uniformados. "Jugaste cuando niño, tuviste seis hermanos, madre y padre". Ambos a un mismo tiempo se reclinaron, le cogieron cada cual del codo y antebrazo, lo sacaron de entre los cartones, el periódico y una sabana sucia, apestosa. "Tuviste momentos de fortuna y esperanza". Sus pies apenas tocaban el piso, sostenido en ambos flancos por el par de policías. No mostraban agresión, ni enfado, le sostenían encaminándole por la 5 de febrero. "Fuiste víctima y victimario, viviste lo que pudiste y no llegaste a los cuarenta años". Caminaban en línea recta, el andar ligero del grupo se volvió etéreo, la marcha uniforme del par de policías se dirigía hacía arriba, caminaban elevándose veloces, pronto cruzaron el entramado de cables de energía eléctrica. Miró hacía abajo y observó el techo del edificio de la Central Camionera que lo había llevado a esa ciudad, el tránsito por la calle de Los Ángeles estaba cargado, como siempre a esas horas del día. Vino a su mente el recuerdo de aquellos felices días, cuando niño descolgaba guamúchiles de los árboles, llenaba dos bolsas e iba a venderlos a la plaza. Sacó su botecito de alcohol para darle un trago profundo y prolongado, su visión se nubló gris del todo, los uniformados le internaban en una nube espesa de ese cielo azul.
