Nocturna
Por la ventana entreabierta corre el aire tibio de la noche tropical, la cortina ondea permitiendo que la habitación se ilumine tenue con la luz de la luna. Aquella recamara está inundada de un placentero silencio. Ella tendida en la cama tiene los ojos cerrados y el cuerpo dispuesto a sentir las caricias de un viento que invita, por su piel corren marejadas de sangre ardiente que entre ola y ola le recuerdan que es luna llena, que es una noche perfecta.
Sus manos recorren sus piernas, estrujan sus muslos y se inquietan cuando al llegar a la entrepierna sus dedos hacen contacto con el vello púbico, sabedora de lo que el futuro inmediato le depara, sonríe. Se lleva una mano al pecho y tantea sus senos descubriendo en ellos la dureza de un par de pequeños pezones que trata de reconocer, los estruja, los moja con saliva y los siente tan suyos, como aquel calor que brota en lo interno y se dispara diluido en sus caderas, rumbo al bajo vientre.
Abre los ojos y de entre la oscuridad a poco se van delineando siluetas, una silla, el espejo, ropa dispersa, zapatos, un algo en lo más oscuro que no acierta adivinar qué es, y sin embargo lo sabe. Al cerrar sus párpados lo percibe con mejor claridad, la silueta se dibuja en el espacio y toma forma, aprieta fuerte sus ojos cerrados y lo ve, le reconoce, es él. Aquél que es como ninguno, que aparece de una mancha en la pared, el que cruza a través del espejo, o como ésta noche, aquél que de entre la oscuridad emerge para apaciguar la tromba que su cuerpo ha desatado.
Ella lo ve acercarse, lleva la diestra a su sexo hinchado y húmedo mientras con la siniestra soba su costado irguiendo su firme pecho, invitándole a besarlo. Él se acerca, con el dorso de la mano vuelve a cerrar sus ojos y se reclina sobre ella.
Siente una lengua recorrer su piel y unos brazos coincidir con sus rodillas, con sus muslos y caderas, disfruta un repentino embate de su sangre que brota de debajo del ombligo, es la boca ardiente que impávida se desliza por todos los rincones de su cuerpo.
Sus bocas chocan, sus cuerpos se emparejan, la vulva esta dispuesta y los labios henchidos piden recibir al otro sexo, siente cómo la penetra, cómo un miembro cumple su deseo. Suspira levemente, al tierno ritmo impuesto por el goce, restriega su mano en una espalda, en unas nalgas, la cadencia cambia y sus caderas bailan, la excitación marea sus pensamientos. Inmersa en un ansiado frenesí distingue árboles mecidos por el viento, una noche clara, un arroyo que corre turbulento donde se refleja una luna llena ondulante con el agua. Tendida sobre el pasto espolea a su caballero, masculla en su oído gemidos incitantes mientras una y otra vez su amante le acomete. Siente en su sexo el cosquilleo que emerge, aprieta fuerte con sus piernas y se resguarda en el cuello de aquél que no para en su tarea de manejar la pelvis de ella, sin poder controlar más preámbulo todo estalla, el sonido es más intenso, los olores más profundos, sus visiones más claras, de súbito el cuerpo de ella se quiebra en millones de pedazos luminosos que se vuelven a adherir fusionados por el fuego intenso que nace en sus genitales y bulle por la carne trémula que recién se recompone para partirse y después fundirse una y otra vez.
Su cuerpo se destensa, siente el aire que fluye por la habitación como un velo que la cobija y la agazapa, vuelve en sí satisfecha, más ligera, abre los ojos en repetidas ocasiones y percibe la mediana oscuridad como una cómplice incondicional, seca su mano en la sabana de la cama, su boca esboza una sonrisa mientras disfruta el remanso en el que se ha convertido su recamara. Su amante se ha esfumado, sin adiós de por medio. Ella sabe que volverá.
Se levanta de la cama y se dirige a la ventana, antes de cerrarla hurga en el cielo, la encuentra, la observa fijamente, sus ojos brillan, admira una luna completa, redonda y bella.
Sus manos recorren sus piernas, estrujan sus muslos y se inquietan cuando al llegar a la entrepierna sus dedos hacen contacto con el vello púbico, sabedora de lo que el futuro inmediato le depara, sonríe. Se lleva una mano al pecho y tantea sus senos descubriendo en ellos la dureza de un par de pequeños pezones que trata de reconocer, los estruja, los moja con saliva y los siente tan suyos, como aquel calor que brota en lo interno y se dispara diluido en sus caderas, rumbo al bajo vientre.
Abre los ojos y de entre la oscuridad a poco se van delineando siluetas, una silla, el espejo, ropa dispersa, zapatos, un algo en lo más oscuro que no acierta adivinar qué es, y sin embargo lo sabe. Al cerrar sus párpados lo percibe con mejor claridad, la silueta se dibuja en el espacio y toma forma, aprieta fuerte sus ojos cerrados y lo ve, le reconoce, es él. Aquél que es como ninguno, que aparece de una mancha en la pared, el que cruza a través del espejo, o como ésta noche, aquél que de entre la oscuridad emerge para apaciguar la tromba que su cuerpo ha desatado.
Ella lo ve acercarse, lleva la diestra a su sexo hinchado y húmedo mientras con la siniestra soba su costado irguiendo su firme pecho, invitándole a besarlo. Él se acerca, con el dorso de la mano vuelve a cerrar sus ojos y se reclina sobre ella.
Siente una lengua recorrer su piel y unos brazos coincidir con sus rodillas, con sus muslos y caderas, disfruta un repentino embate de su sangre que brota de debajo del ombligo, es la boca ardiente que impávida se desliza por todos los rincones de su cuerpo.
Sus bocas chocan, sus cuerpos se emparejan, la vulva esta dispuesta y los labios henchidos piden recibir al otro sexo, siente cómo la penetra, cómo un miembro cumple su deseo. Suspira levemente, al tierno ritmo impuesto por el goce, restriega su mano en una espalda, en unas nalgas, la cadencia cambia y sus caderas bailan, la excitación marea sus pensamientos. Inmersa en un ansiado frenesí distingue árboles mecidos por el viento, una noche clara, un arroyo que corre turbulento donde se refleja una luna llena ondulante con el agua. Tendida sobre el pasto espolea a su caballero, masculla en su oído gemidos incitantes mientras una y otra vez su amante le acomete. Siente en su sexo el cosquilleo que emerge, aprieta fuerte con sus piernas y se resguarda en el cuello de aquél que no para en su tarea de manejar la pelvis de ella, sin poder controlar más preámbulo todo estalla, el sonido es más intenso, los olores más profundos, sus visiones más claras, de súbito el cuerpo de ella se quiebra en millones de pedazos luminosos que se vuelven a adherir fusionados por el fuego intenso que nace en sus genitales y bulle por la carne trémula que recién se recompone para partirse y después fundirse una y otra vez.
Su cuerpo se destensa, siente el aire que fluye por la habitación como un velo que la cobija y la agazapa, vuelve en sí satisfecha, más ligera, abre los ojos en repetidas ocasiones y percibe la mediana oscuridad como una cómplice incondicional, seca su mano en la sabana de la cama, su boca esboza una sonrisa mientras disfruta el remanso en el que se ha convertido su recamara. Su amante se ha esfumado, sin adiós de por medio. Ella sabe que volverá.
Se levanta de la cama y se dirige a la ventana, antes de cerrarla hurga en el cielo, la encuentra, la observa fijamente, sus ojos brillan, admira una luna completa, redonda y bella.
