La variante del dragón



Cogió el trebejo y lo colocó en el escaque. Oprimió el mecanismo que paró su reloj y puso a correr el tiempo para las negras. Planteó un juego abierto. Su carácter poco paciente, explosivo, no le permitía concentrar su atención en otras opciones. La contraparte mostró su propio argumento, desplazó el peón alfil dama un par de casillas. El duelo se desarrollaría en un escenario auspiciado por la defensa siciliana.
Los nervios le habían invadido aún antes de presentar sus armas en este combate decisivo. La desazón le provenía principalmente por inseguridad, como en sus primeras partidas. Con la practica había logrado canalizar el cúmulo de sensaciones que experimentaba conforme se desarrollaba el juego. A medida que se despejaba la incógnita clave -el siguiente movimiento del adversario-, sus temores se templaban, para desplazar sus pensamientos por extraños dominios mentales, donde se mezclaban, en aparente contradicción, el cálculo exacto y la fantasía sin amarras.
Su segundo movimiento lo realizó de rutina, el caballo del rey dominó las casillas centrales. Aquí, las negras hicieron su primera breve pausa, discurrían de qué forma orientarían su siciliana. Presentaron el peón dama un escaque al frente.
Él no tenía mucho que decidir y como la regla dicta, abrió el centro mandando peón. Una vez que las primeras piezas se hubieron batido y retiradas del campo de batalla, las negras brincaron su caballo de rey, amenazando capturar el peón central. Él también brincó su caballo, inhibiendo la amenaza. Enseguida las negras desplazaron el peón del caballo una casilla, el blanco supo que ese espacio libre sería ocupado en el movimiento siguiente por el alfil del rey. Estaba escrita la historia, en el laberinto siciliano se había cruzado una puerta y no había regreso ya.
Se jugaba al pie de la letra tal cual el libro, a las blancas les gustaba el capítulo del alfil ingles y desplazaron el trebejo a la tercera del rey. El desarrollo de las piezas negras era previsible en sus siguientes intervenciones, una mínima variación en la secuencia teórica permitiría a las blancas hacer caer en desventaja a su rival. Sin embargo no se confiaba, quien detentaba las negras era un prestigiado jugador en ese reducido medio, un campeón que quería refrendar su título por quinta ocasión consecutiva y con el que ya había jugado, en otros torneos, en otras instancias, un par de ocasiones, obteniendo en ambas sendas derrotas.
En cada evolución de las piezas el tablero despejaba sus espacios y los ejércitos tomaban posición, preparándose para una encarnizada batalla. Se llegó al punto en que las negras enrocaron, en corto. Él también hizo la jugada defensiva por excelencia, pero en su segunda variable, el enroque largo.
Con los enroques opuestos la lucha marcó su perfil, que para el caso sería feroz y sin tregua, se había planteado una de las variantes con mayor grado de incertidumbre para ambos bandos, en la que cada movimiento implicaba un grado de decisión sumo. Se jugaría una partida de doble filo donde el instinto asesino podría llevar a la muerte.
Marcó en la papeleta su reciente jugada, tres ceros separados por guiones. Se levantó a caminar por entre las mesas del auditorio. Le dominaba una reflexión, no se dejaría llevar por la astucia de su contrincante, las negras sabían de su proclividad al ataque, al sacrificio, al romance. Sin embargo no caería en provocaciones. Si quería salir victorioso, tendría que ser cauto y reflexivo, de otra manera la variante del dragón le haría caerse en pedazos.
Dio una vuelta al salón. El bullicio era mayor que en las anteriores jornadas, a medida que transcurría el certamen los perdedores abandonaban la acción para pasar a la contemplación y el murmullo. En la última ronda sólo jugaban cuatro mesas, en cada una de las dos categorías. Disputaba la primera mesa de la segunda fuerza, el rango mayor de juego en esa penitenciaria.
Apenas en un par de años de práctica y estudio había logrado esa meta, disputar el grado de primer jugador de aquella micro sociedad. Al fin le parecía un logro pequeño, pero mientras estuviera privado de su libertad no podría ser mayor.
Ahí había aprendido los rudimentos del juego, era su primera estancia, y juraba sería la única. Desde su ingreso, y aún después, cuando se había adaptado a su nueva vida cotidiana los días le parecían interminables. Había pasado por todas las rutinas, ir a la escuela, trabajar de jardinero o de panadero, asistir a los talleres de herramientas, pero ninguna de éstas actividades llenó sus expectativas vitales de la manera que lo hizo el ajedrez.
Una tarde, camino de regreso a su módulo, vio a dos internos sentados en el pasto, inamovibles, como petrificados, la curiosidad lo acercó al tablero y las figuritas sobre el cuadriculado llamaron su atención, le pareció ridículo que se tomara con tanta seriedad un juego con monitos. Se sentó cerca de ellos a observar. Uno de los jugadores cogió una pieza y le dijo al otro, “jaque”. El otro no chistó, actuaba con natural indiferencia, como si estuviera sordo. Un par de minutos después movió su rey, la siguiente jugada fue acompañada con otro sonoro jaque. Aunque no conocía la mecánica del juego, entendió que estaba viendo el desenlace. Escuchó otras cuatro veces la palabra jaque y vio cómo el rey era empujado a refugiarse en un huequito, ahí se acabaron los anuncios de jaque. Enseguida, el jugador que había estado todo el tiempo callado, hizo un movimiento de pieza, levantó su cabeza y le dijo directo a su adversario: “Mate”. El perdedor sacudió la cabeza sin despegar la mirada del tablero. El juego había terminado.
-¿Pero, por qué?-. Preguntó a los jugadores confundido por el vuelco en el repentino desenlace.
El ganador, contento, solazado, le hizo entender que dos piezas tenían copado al rey y que una tercera lo fulminaba, sin posibilidad de escapatoria, el rey estaba muerto. A partir de ese día quedó prendado. Conforme se iba inmiscuyendo en el juego y sus ojos desvelaban superficiales secretos del mismo, se arrepentía de haber dejado pasar todo un año desde su encierro sin haber tenido antes contacto con ese pasatiempo. A partir de entonces sus días giraban en torno al cuadriculado tablero.
Volvió a la mesa, observó la posición, su reloj corría y las negras habían comenzado el despliegue de fuerzas. Todo apuntaba que, su contraparte desplazaría sus piezas pesadas al ala de dama y en un oportuno sacrificio de calidad desarmaría su enroque, para después despejar el alfil del dragón, una diagonal mortal. Las piezas negras se colocaban con facilidad en posición amenazante, los ánimos del blanco mermaron, pensó que quizá en algún momento de la partida había perdido un tiempo, repasó la lista de jugadas sin encontrarlo. Serenó sus pensamientos, se repantigó en la silla, pasaron algunos minutos de meditación y ejecutó un siguiente movimiento. En respuesta las negras brincaron un caballo dando franco inicio a las hostilidades.
Conocía la variante, sabía que las negras intentarían sorprender, mandar el golpe oculto directo al mentón para después derribarlo con una combinación noqueadora. Conocía la jugada siguiente en el orden, sin embargo dejaba correr el reloj, las pausas le hacían entrar en trance, le permitían internarse en el tablero para intentar descubrir sus más íntimos alcances. Esa idéntica disposición de piezas la había analizado decenas de veces, de cualquier manera aguzaba la mirada, colectando de entre los escaques, las razones suficientes que apoyaran su ulterior decisión. Avanzó el peón de la columna dos casillas, mandándolo a la guerra, de acuerdo a su propio plan de ataque y ceñido a la estricta teoría.
Jugar o seguir las partidas de sus compañeros reclusos, no le resultaba tan placentero como reproducir los capítulos de un libro. Antes de que sus familiares le allegaran de literatura trocó trabajo por algunas horas de lectura, cuando no lavaba una cobija, aseaba alguna celda, después iba y rentaba con internos de su misma afición un libro o una revista. Al principio se ganaba los cigarros, luego los cinco pesos, después ya pocos apostaban en su contra, acaso algún jugador que le retara a cincuenta pesos, y si su economía lo permitía, se enfrascaban en un largo y reñido duelo. En libertad experimentaba todos los días la miseria, el hambre y la necesidad, pero la vorágine la conoció después, apenas llegado a aquel penal. Su familia recibió con gusto su repentina pasión, su mamá aligeró sus angustias cotidianas, sólo le pedía que no apostara. A su papá se le hacía muy curioso verle callado y quieto, como pensando.
El negro se desplazaba feroz. Él sin amedrentarse, continuó su ritmo lento y reflexivo, calculaba las posibilidades de las piezas ligeras en el centro, y los diversos puntos ciegos que se revelaban de entre decenas de posibles escenarios. Puso en buen recaudo a su monarca, para el caso en que se sacrificase la calidad. Dio avance a los peones del ala de rey, tratando de minar el enroque adversario y abrir líneas para jugar las torres. Pronto el negro tendría que decidir por dónde comenzarían las explosiones.
Con un obligado cambio de piezas ligeras las negras ahorraron tiempo para doblar torres en la columna del alfil de dama. El siguiente era un turno complicado para las blancas, no alcanzaba a descifrar las consecuencias posteriores y en un ejercicio de comodidad postergó el ataque directo al rey enemigo. Brincó su caballo amenazando capturar la dama negra, para después intentar cambiar el alfil dragón. Las negras pusieron a resguardo su dama. Conocedoras de las posiciones que no admiten posponer un ataque, una vez que contuvieron el embate blanco esperaron quince minutos para realizar un movimiento. La libreta de anotaciones consignaba, para la jugada diecinueve, alfil captura peón, un sacrificio.
Las blancas daban lectura al osado movimiento, al parecer la sorpresa había llegado. Después de diez minutos de deliberación interna, se convenció de que la dinámica impulsada por las negras debía ser controlable, así pues, desplazó su peón en diagonal capturando al alfil suicida. Las negras, en inusual breve lapso, esgrimieron sobre la mesa un argumento que él ya no esperaba, la sorpresa apenas comenzaba, las negras trocaban torre por caballo, un segundo sacrificio. Temático en el dragón, ahora las negras ofrecían la calidad.
Con diez minutos de retraso en el control del tiempo y pendiente de mover en una posición delicada, sorprendido y obligado a aceptar un segundo sacrificio pensó que probablemente ya estaba labrada su derrota. En caso de que los cálculos negros fuesen correctos poco quedaba por hacer, acaso oponer una defensa tenaz, pero si por el contrario existía alguna grieta en el ataque de su adversario, un mínimo contraataque sería suficiente para obtener al menos, las tablas, concluía sus reflexiones en busca de consuelo.
Mientras aprendía ajedrez, extrañaba menos su vida pasada, cuando despertaba en su cama, entre los muebles de su cuarto. Su mamá ya tenía el desayuno preparado, y un café. Él tomaba el café y salía con la bolsa de comida, caminaba doce cuadras y esperaba el transporte de personal. Por las tardes regresaba de la fabrica a su casa a ver televisión, o salía al barrio a encontrarse con amigos, tenía muchos amigos. Por las noches iba a donde su novia. Así le pasaban los días. Sin mayores conflictos con nadie. Recién cumplía la mayoría de edad, y de entre sus hermanos él era el más joven.
Un sábado a las tres de la mañana cambió su suerte. No padecía de insomnio, esa noche debía de estar dormido. Llevaba un par de horas dando vueltas en el colchón cuando escuchó la escandalera. Al oír los gritos y el sonido de las piedras estrellarse en las paredes y los carros, se asomó por la ventana, vio pasar corriendo dos sujetos perseguidos por cinco o seis, atrás de ese grupo se acercaba otro, la oscuridad no le permitía distinguir, pero escuchó claro la voz de uno de sus hermanos que desde lejos pedía que le abrieran la puerta. De inmediato se dirigió al auxilio, cuando abrió la puerta de la calle, lo encontró tirado en el suelo, en medio de un círculo que formaban los que le habían dado alcance, su hermano se sacudía violento a cada patada que recibía. De entre los agresores escogió al más activo y fue directo contra él. Lo sacudió con un golpe certero, el círculo se abrió permitiendo al caído incorporarse para después huir corriendo a su refugio. Era el momento de imitar a su hermano, pero un breve haz de luz de luna lo dejó estático haciéndole perder preciados segundos que le hubieran permitido ponerse a salvo, el débil destello provenía de la hoja de acero de una navaja. Una sombra se abalanzó directo sobre él, dio un paso a un costado y resguardándose del arma estrelló su codo en la nariz del atacante, cayó la navaja al suelo, se agachó a recogerla y mientras se incorporaba, con una destreza que él mismo desconocía, la dirigió contra otra sombra que intentó arremeter en su contra, la hoja le entró abajo del sobaco, por el costado izquierdo. Un chillido seco desconcertó a todos, la sangre escurría de la hoja manchando sus dedos. El herido dejó de pelear, giró media vuelta con la intención de huir y caminó un par de metros para después desplomarse.
Desde esa madrugada entró al remolino de las instancias judiciales, a pender de un expediente, de promesas nunca cumplidas por abogados, a esperar plazos perennes. La primer sentencia dictó doce años. La segunda, la confirmó. Internos leguleyos, en labor de apoyo emocional, le habían dicho que acogiéndose a los beneficios, para su caso en particular, con siete años purgados podría obtener su libertad. Todavía tenía pendiente una tercer y última sentencia, un juicio de amparo promovido por la defensa oficiosa.
Con tres años de interno no pensaba verse en libertad, sino hasta recorrido el largo trecho marcado por los jueces, el ajedrez le servía para tender un puente para caminar ese lapso apoyado y poder llegar ahí, al último día de su condena. En más de una ocasión se caía, desesperado le daba vueltas al acontecimiento queriendo reconstruir lo pasado, imaginando un presente distinto. También le daba por pensar que el rompecabezas se armaba solo y que ningún cambió valía para alterar el pasado, que el destino estaba escrito de principio a fin. Entonces le preguntaba a dios, el porqué le tocaba a él soportar aquella carga.
Las piezas negras hacían evoluciones en el tablero, entraron por el centro con caballo capturando dos peones y recuperando la calidad. Las blancas se revolvieron atrás, con torre y rey defendieron un punto doblemente amenazado, otorgando libertad de movimiento a su dama. En este escenario las negras recularon. Él aprovechó este respiro para conectar sus piezas, a fuerza de encontrarles una mejor colocación tuvo que cambiar su última torre. El resumen de aquellas escaramuzas dejaba como saldo una diferencia de material, las negras contaban en su haber con cuatro peones blancos, por un caballo entregado. Así el medio juego quedaba cerrado y se pasaba a la parte más delicada de la partida.
Evaluó la posición. Le restaba sólo maximizar la batería de alfil y caballo apoyados de la dama, para atacar al rey enemigo pertrechado en una orilla. Por amenaza tenía una larga cadena de cuatro peones, tres de ellos pasados, apoyados a su vez por dama y el alfil dragón, única pieza en la artillería negra aún con vida en el tablero. Como por fortuna, el peón que anclaba la cadena negra a su vez cortaba el paso al rey negro, confinándolo a la esquina. Con estas claves armó una maniobra que no pudo repasar. La jugada treinta y ocho para las blancas, a dos minutos del control de tiempo para cuarenta, consignaba un desplazamiento de caballo, posesionándose en el pequeño centro, donde la naturaleza de esta pieza despliega su mayor fiereza.
Las negras abrieron un lapso para analizar la posición, en un lance meramente psicológico ofrecieron un cigarro a su oponente, él lo recibió de buena gana, pero no lo prendió. La mesa estaba rodeada de observadores arremolinados que clavaban fijas miradas en el tablero, el juez del torneo tomaba nota del desarrollo de la partida cotejando el reloj. La punta de la bandera pendía débil del minutero.
El negro avanzó la infantería, entró al final de juego concentrando esfuerzos en colocar un peón al borde del tablero, donde podía trocarse en cualquier figura, donde alma del ajedrez transmigra a otros cuerpos.
Las blancas continuaron la batalla resguardando a su monarca de un factible jaque con dama. Una vez cumplido el control del tiempo evaluó una vez más la posición y se levantó de la mesa, prendió el cigarro que las negras le regalaron. Mientras no entrara a una cadena de jugadas obligadas que tuviesen como último eslabón el jaque mate, un grado de incertidumbre estaría latente, sin embargo, en su último análisis no había encontrado, en los movimientos negros, uno que parara en definitiva su maniobra. La partida estaba liquidada.
Caminaba por el salón mientras imaginaba el gusto que le daría a su familia cargar su trofeo y ver su diploma, le dirían campeón, sería el campeón. Él por su parte, experimentaba una felicidad truncada siempre en el mismo punto, aunque sentía un gran regocijo, la victoria sólo estaría completa cuando se disputara fuera de esos muros. Recordó la situación de Fischer y pidió al cielo para que no fuera extraditado a su país. Una vez más vino a su mente el suceso que lo tenía, a él mismo, purgando condena. Imploró perdón al difunto, él ya le había perdonado. Apagó el cigarro pisándolo contra el suelo y regresó a la mesa a encontrarse con el desenlace.
Se abrió un hueco entre la ronda alrededor de la mesa para permitirle tomar asiento, la posición estaba intacta, corría el reloj de las negras, pasados los minutos decidieron su lance, avanzaron un paso el peón de la columna de dama. Un movimiento totalmente ajeno al centro de la disputa, más que de espera, la jugada era indolente, evidenciaba una insensibilidad total de la posición. Sin mayor aspaviento las blancas colocaron alfil delante de su dama, en la hilera cuarta de la columna del caballo. Las negras no acertaban a ver el peligro que se cernía sobre ellas, posesionaron su dama en un escaque desde donde amenazaba capturar peón enemigo y a la vez apoyaba el avance de uno propio. El blanco movió de nuevo su alfil y las negras entraron a séptima con peón. A un paso de la promoción con jaque, jugada cerca de la gloria, la dama empujaba al soldado en la antesala del triunfo.
El negro vio de pronto como la realidad se quebraba, sus presupuestos no eran otra cosa que visiones. El caballo blanco brincó a la sexta del alfil rey, dejando ver su brío con un jaque y amenazando mate con dama en la siguiente. El alfil dragón tuvo que efectuar su primer y único movimiento, aún sin mostrar sus efectos, su sola presencia había sido baluarte en la lucha, ahora, al capturar caballo, discreto se retiraba evitando el mate en una. Las negras observaron cómo su alfil caía en manos del antagonista, ahora el alfil blanco usurpaba la gran diagonal, la lengua de fuego había cambiado de color.
La posición era contundente. El negro entró su peón a octava coronando peón con dama, y una vez que el blanco puso al rey a salvo del jaque que daba la recién llegada, las negras constataron que no contaban con mayor opción que esperar su muerte resignadas, ninguna posibilidad evitaba que la dama blanca entrase en la séptima hilera dando mate en dos. El negro cogió su rey para llevarlo al centro del tablero, anunciando su rendición.
Estrecharon sus manos, se agradecieron mutuamente e intercambiaron firmas en sus papeletas, ninguno de los dos intentó entrar al análisis del juego, intercambiaron chanzas para después retirase cada cual por su lado. Él se dirigió a reportar el resultado. En la mesa los mirones cobraron vida, armaban y desarmaban la partida haciendo sus propios comentarios en torno al rompecabezas. El juez estaba por terminar el cómputo de resultados. Pronto la fiesta llegaría a su fin, sólo quedaba esperar la ceremonia de premiación y clausura, que como siempre, sería muy emotiva.