Temporada de ajedrez en la placita del barrio.


A Ana la trajo al barrio el amor platónico, el amor al arte o el amor perdido, bien a bien sería difícil precisarlo, poco platicaba. Su silencio hacía juego con la mirada perdida de su par de ojitos negros, los kilos de más que empezaban a amontonarse en sus carnes eran otra prueba de lo que yo calificaba como retraimiento, si me hubiera sido posible, si ella me hubiera dado la oportunidad de hablarle con la naturalidad con que acostumbro hacerlo a los buenos amigos, habría tenido el gusto de recomendarle lo que según mis estimaciones cambiaría su aspecto de adentro hacia fuera, sin empacho alguno la habría invitado a que mantuviera relaciones sexuales con más asiduidad o en su caso, con mejor calidad, de lejos se le notaba que a su cuerpo y a su mente le hacían falta orgasmos.
Después de mucho tiempo de no hacer ronda en la plaza pasé un día por ahí, vi que los viejos conocidos se reunían alrededor de un tablero de ajedrez y no quise dejar pasar la oportunidad de saludarles, así como tampoco de medir mi fuerza de juego con los que supe, poco después, eran unos entusiastas novatos, comenzaban a cultivar el noble arte del juego de reyes. Tenía a todos sorprendidos por la facilidad con que despachaba a cada uno de los presentes, a su vez ellos me tenían sorprendido a mí, por aquella criatura que contrastaba entre la mancha. Nueva para mí, ellos tenían un par de semanas de tratarla, con excepción de Gisberg, y lo hacían con familiaridad, como si ahí hubiera estado desde siempre, a ninguno se le ocurrió hacer presentación alguna, como yo hubiera querido. En cierta forma el ajedrez los tenía tan reunidos como la presencia de ella misma, su sola presencia, como digo, pocas veces hablaba. Yo volví a la plaza por el ajedrez, me pareció que tanto Rigo como Pacho podían elevar su nivel de juego, fueron ellos quienes con más insistencia me pidieron que volviese a la plaza, se reunían ahí todos los días.
Pasábamos la tarde pendientes del juego y recordando viejas tropelías, si estaba Gorgory había cerveza, si no estaba Rigo podía faltar marihuana, a veces Gorgory se tomaba solo su cerveza mientras nosotros bebíamos jugo o cualquier cosa, pero Rigo, él nunca faltaba, era una especie de anfitrión. Gente más gente menos, los asiduos nos contábamos como: Rigo, Pacho, Gorgory, Gisberg, Ana y yo, todos desempleados, extraña coincidencia. Como las partidas eran malísimas jugaba media hora para después tutelar el desarrollo de los combates, con el afán de que algo aprendieran. Rigo era el que más perdía y utilizaba como pretexto para su bajo rendimiento las temporadas que ha pasado en el hospital psiquiátrico (del que a la fecha es paciente externo), Pacho aprendía rápido, pero perdía por igual con Gisberg que con Ana, Gorgory sólo le ganaba a Rigo.
Mientras estas partidas se desarrollaban la charla la llevaba Gorgory, nos contaba como la cocaína y el crack lo habían mandado a la ruina, divorciado y con tres hijos vivía con su mamá, el único profesionista del grupo, Ingeniero de la UNAM, tenía tres meses de haber caído de nuevo a la colonia, después de haber pasado una estancia de un año en Cuernavaca. Desde siempre, la cerveza era lo único que le atenuaba los nervios y con algunas de más se acentuaba su platica de entrón, de ese tipo que se rifa el cuerpo y es audaz, de una temeridad astuta, pero sobre todo, de pose. El milagro de su vida lo platicaba mostrando una cicatriz que le abarcaba todas la lumbares, un callo gigante y asqueroso en su espalda baja, del tipo de repugnancia que se antoja ver con detenimiento. Pacho también era pronto para hablar, con regularidad interrumpía a Gorgory para desmentirlo o precisarlo, ambos se conocían bien, en más de una ocasión habían hecho vaquita para comprar cristal. Pacho se jactaba todo el tiempo de haber corrido por el barrio el mejor cristal que nunca llegó, y cuando teníamos poco para fumar, añoraba la época, en que según él, le pagaban por envolver marihuana en ladrillos de a kilo. Rigo recordaba algunas cosas otras no, y tenía la mala costumbre de invocar a sus amigos muertos, cinco años mayor que Gorgory, sólo él recordaba a alguno de los difuntos. Ana en cambio no participaba de lo colectivo, contestaba a monosílabos cualquier pregunta, sin embargo cuando se le preguntaba en lo particular solía responder con un poco más de soltura, muy poco.
Todos los días, por cortesía, le abría un breve interrogatorio. Pacho y Gorgory hacían lo mismo cada tercer día, Rigo hablaba mucho con ella quien sólo sonreía, cuando “conversaban” parecían ser los más amigos del grupo, no era así. La diferencia la establecía Gisberg, cuando estaban juntos ella cambiaba, los demás lo sabíamos, él era el único depositario de su confianza. El Ingeniero Gisberg, como se presentaba ante desconocidos, la había conocido en un local de computadoras que mantenía en sociedad, algunos meses antes. Cuando dejó el negocio, ella se vino con él a jugar ajedrez y fumar mota en la plaza de mi barrio, en poco tiempo, con la reserva del caso, es decir, tanto como Gisberg lo aprobara, hizo varias amistades, Jorge de doña Cástula llegó a jugar cantidad de veces, y a conversar con ella, Capuleto se deshacía en halagos para con su sonrisa, disparada al primer halago, Tolo también rondaba y con sus actitudes me hacía creer que yo era un rival fuerte en la disputa de la pollita. De alguna manera todos esperaban lo que pronto se veía venir, aunque Gisberg decía que Ana y su esposa eran amigas, Leyla era muy celosa, pues Gisberg tenía suerte, y experiencia, para agenciarse relaciones como las de Ana. La reacción inteligente de Gisberg debía ser enfriar la relación poco a poco, de alguna manera todos pensábamos así, y en eso centraban sus expectativas algunos. En la medida que la amistad de Gisberg se fuera a la baja, ella elegiría entre quedarse en el barrio o no regresar, todos apostaban que elegiría a alguno de ellos como pretexto para poder seguir viendo a Gisberg, se creían pescadores en un río revuelto. No desestimaba del todo su lógica, los lazos que la ligaban con Gisberg eran fuertes, no parecían ser sólo a raíz del sexo, algo de su soledad se llenaba de repente con la sola presencia de Gisberg, que por otra parte no era efectivo con el verbo, pero sí con la mirada, con la pura mirada la controlaba. Era fácil percibir algo de envidia cuando se trataba el tema, una vez que Gisberg se marchaba a su casa.
Empezaron los días en que Gisberg atendía menos a las palabras de Ana, la eludía para no escucharla y en dos ocasiones se fue dos horas antes de lo acostumbrado dejándola varada. Mientras, nosotros jugábamos ajedrez, fumábamos canabis y recordábamos viejos ayeres.
Faltó tiempo. Los imponderables acaecieron y los hechos se precipitaron, faltó tiempo para que el fruto maduro cayera, y lo que pudo haber sido se esfumó. La verdad es que nadie lo lamentó. De hecho, yo mismo, en mi calidad de observador sólo lamento que la telenovela haya sido cortada de tajo, hubiera querido saber cuál habría sido la libre elección de Ana.
El infortunio avisó antes de llegar, pero no nos dimos cuenta. Distraídos, despreocupados, nos cayeron las fuerzas del orden publico, los leyes. El operativo consistió en dos asoleados policías en bicicleta que ni siquiera nos revisaron, se retiraron cuando su ojo experimentado les permitió ver que no traíamos dinero. Antes que se marcharan hubo un breve altercado. Ana, en un lance inusual, precipitó su caída, se armó de palabras con uno de los tiras que se había burlado del par de estrellas tatuadas con tinta verde que llevaba estampadas en la parte interna de cada antebrazo. Tuve que intervenir cuando le dijo que los guarros no entendían de símbolos que se llevan en la piel, callé a Ana y le devolví toda la autoridad al agente, que por otra parte, no conocía la palabra guarro. Se despidieron de lo más informal, como si empezáramos a ser camaradas, se subieron a sus bicicletas para seguir pedaleando en la prevención del delito.
En lo cotidiano de la situación no pudimos prever lo que un par de días después sucedería. El día que se la llevaron Rigo se puso muy triste, mientras recordaba diversos apañones que él había sufrido. Sabíamos que no volvería, y si lo hacía sería como lo hizo, de hola y adiós, después de todo caímos en cuenta que creer que rolaría por toda la banda era un cuento de hadas.
La tarde no se antojaba distinta a ninguna, cálida y seca, con gran tráfico en la avenida y pocos transeúntes cruzando la plaza. Estábamos los de costumbre, sólo Gisberg no había llegado, Ana lo esperaba con paciencia, nosotros con impaciencia. Gisberg se había convertido en nuestra última opción, cuando quisimos armar el primer toque salió a colación que nadie traía Marihuana, parecía imposible. Nos preguntamos varias veces todos entre sí, y nadie traía cannabis. Todavía Gorgory preguntó a todos fuerte e irritado, “¿Nadie trae un toque siquiera?, Valen Madre”. Rigo se sentía culpable, se lamentaba de haber olvidado llevar algo a la plaza, pronto todos esperábamos que llegara Gisberg, él no fallaría. El último recurso sería ir a casa de Rigo por un par de gallos, yo me había comprometido en aportarle 20 varos para que repusiera su reserva.
Todo en orden y a la espera de Gisberg, empecé a despachar retadores, jugaba con Pacho y cuando cavilaba que el nivel de juego del grupo se había quedado estancado llegaron otra vez los azules. Nadie se percató de su presencia, hasta que estuvieron a unos cuantos metros. “Son los mismos”, pensé con tranquilidad cuando se acercaban. También Gorgory había sido cogido desprevenido, traía una cerveza de litro en la mano, lo cual constituía una variante de la anterior visita, sin embargo la cosa no era grave.
-¿Y esa cerveza?-, le preguntó un policía a Gorgory. –Inspección de rutina pareja-, ordenó muy profesional de inmediato. El otro policía le pidió a Rigo que se separa del grupo para revisarlo.
-Siempre soy el primero-, decía contento Rigo, como si fuera una deferencia que se le hacía. Mientas lo cacheaban, Gorgory le hablaba suave al policleto de mando, el que se burlara de los tatuajes de Ana, haciéndole ver que si el problema era la cerveza era fácil desaparecerla, la llevaría al refrigerador de su casa, que estaba a pocos metros, se amparó en su reputación, les dijo que todos los vecinos lo conocían, pasó después a reconocer la labor que las fuerzas del orden hacían en la colonia, la tranquilidad de todos se debía a elementos como ellos; siguió con la situación económica, lamentó la suya propia y volvió a la cerveza para decir que un amigo a la pasada se la había regalado, andaba crudo y no había podido rechazar el regalo. Cuando parecía que Gorgory tenía controlado al policía, el otro ley revisaba la mochila de Ana. Entre un libro y un cuaderno encontró el vegetal verde, no más de tres gramos forjados en papel arroz, listos para ser quemados. El par de policleto empezaron a hablar en claves, cosa que desesperó a Gorgory. El policía de los cacheos cogió de la muñeca a Pacho, lo apartó del grupo.
-Siéntate ahí, no te levantes- le ordenó señalándole el suelo. Fue para con Gorgory que no lo dejó acercarse, enérgico subió la voz.
-¿De qué se trata?-casi gritó mientras caminaba para atrás, suponía que podía ser esposado- Y tú pendejo, levántate. ¿Qué pasó mi jefe? No me digas que por ese pinche toquecito, vas a cargar con todos. No mi jefe, hoy no hemos fumado nada. Nada. La bronca es toda de ella, llévatela a ella nada más-. Todos nos volteamos a ver, Gorgory tenía algo de razón. -¿Qué voy a decir en la federal? ¿Que yo no sabía que la escuncla pendeja traía un churro?, pero quítale lo pendeja, te la cuento peor: Sordita. Sorda. Si hubiera sacado el flavio se hubiera hecho humo, no da dos vueltas. Hace un rato preguntamos, quién trae y se hizo la sorda, quién trae, nadie. Nadie, y ahora, resulta que ahí está el cabrón, salió el clavo. Llévatela a ella, por sorda y por pendeja. Ya sabe que tiene que clavar, y si no sabe, ahí está, ¡que aprenda!. Si no hemos fumado nada es porque no traemos nada mi jefe, te lo juro-. Mientras el policía escuchaba a Gorgory pidió una patrulla por radio. Sin emitir veredicto nos espulgó el rostro a cada uno con una mirada falsamente analítica, sólo para hacer tiempo mientras llegaba el apoyo y hacernos creer que estaba por resolver una difícil situación. Todos teníamos la certeza de que el cuico ya había tomado una decisión. Por cualquier cosa Gorgory se había separado del grupo la distancia suficiente para correr con ventaja en cualquier momento. Me dirigí con el policía de mando, antes que contradecir a Gorgory apoyé su juicio, pero le pedí que fuera benévolo con la muchacha, que le diera la libre por una ocasión, ella no era mala persona. Pero el policía no le pasaba la altanera manera con que ella lo había tratado en su anterior visita, era evidente que no iba a dejar pasar una sencilla revancha con un gran escarmiento. La circunstancia era diferente, ya ni siquiera reparaba en sus tatuajes.
-Se van a ir los dos juntos, no te preocupes- dijo el policía, y me dejó callado. Pacho se rió y Gorgory se carcajeó. Rigo por un momento me dio la impresión de querer subirse a la cuerda también. La actitud pasiva de Ana la hacía parecer ausente pero no como cotidianamente se presentaba, sino de una forma recrudecida, de la que ni Gisberg la hubiera podido sacar. La unidad móvil de las fuerzas de prevención del delito se acercó por la avenida a unos treinta metros, no era una camioneta, buena señal, no cabríamos todos. Aunque a mí me había asegurado el lugar, el policía ya no me tomó en cuenta. Mientras la cogía de una de las estrellas tatuadas, le dijo “Ni modo, ya te tocaba”, sin dejar la ironía disculpaba su proceder, estaba cumpliendo con su trabajo. Atravesaron la pequeña explanada, ella iba con el mismo aire ausente de siempre, ese mismo semblante de todos los días, el que pensaba yo se lo producía la marihuana, pero no había fumado, y por no haber fumado ya iba camino a la dirección de seguridad pública. Los policletos la depositaron en la patrulla, y se retiraron. El consuelo que nos quedó fue que a sus 17 años, por ser menor de edad, muy seguramente evitaría caer en la federal.
Gisberg llegó minutos después, Gorgory le narró al detalle el suceso, su pinta de vampiro me permitió fácil adivinar que esos ojos fijos, montados en su huesuda cara no veían el episodio dramatizado por Gorgory, sino los que habría de desencadenar. Gorgory repetía entre risotadas los dos calificativos que le merecía Ana, sorda y pendeja. Gisberg se dio por enterado con un gesto de insatisfacción en la cara. Toda la tarde le dimos vueltas al suceso del día.
Yo no volví a ver a Ana, Gisberg nos comentó que había sufrido una pequeña crisis familiar, la mamá de Ana no sabía que ella fumaba marihuana, había sido muy penoso para todos el trámite ante las autoridades, y sí había pisado la federal, aunque sólo de pasada, después de 36 horas la entregaron a su mamá en el centro tutelar. Como castigo la señora le prohibió salir a la calle durante tres días y le restringió el dinero, no traía ni para los camiones. Supe que llegó a la plaza en un par de ocasiones sin poder encontrarse con Gisberg y se fue rápido, para entonces él ya no le contestaba el teléfono, poco platicó de su recorrido por los fondos policiales, pero rió mucho cuando Gorgory hacía referencia a los hechos.
Después de la detención de Ana todos empezamos a ser irregulares a la cita, con excepción de Rigo, que por las tardes siguió sacando a pasear sus cinco perros a la plaza, de él había sido la idea de llevar el tablero y jugar con Gisberg mientras los perros se ejercitaban, para después tenderse acompañando a los jugadores.
Un día nos encontramos solos Rigo y yo.
–¿Nos echamos una partida?- me preguntó animado. Raro en mí, me negué. No era necesario especificar más. Le dije que los dos teníamos un gusto especial por el ajedrez y le prometí regalarle una revista con diagramas para resolver. A partir de entonces dejó de llevar el tablero a la plaza.