Toco en mi pecho una argolla, veo las olas chocar contra los peñascos y escucho el retumbar del agua bañando las piedras de sal, han pasado muchos años, pero mientras toco este anillo que cargo en el pecho, una amarga sensación me obliga a pensar que aquél otro aún tiene que estar por aquí.
Sentado en el tronco de una palma escuchaba y no, lo que Ramiro platicaba con Felipe. Haciendo mandados me ganaba el alimento así como la confianza y amistad de la gente del lugar, sin oficio ni rumbo me di cuenta que ser dócil, servicial y atento me daría el sustento, y ahí estaba yo, sentado en el tronco de una palma.
-De veras, me la voy a robar-, escuché otra vez decir a Ramiro, Felipe no paraba de reír.
-No te digo cuándo, pero así será Felipe, ¿No me crees?
-No, sí, sí puede ser, cómo no, pues mi hermana está muy joven y muy chula, pero ¿A poco de verdad te animarías?
-Como que te estoy diciendo- se jactaba Ramiro.
Felipe se soltó a reír a una vez más, cuando calló, dejó pasar unos segundos. Recompuso su desparpajada actitud y con fría voz serenada hizo la invitación.
-A qué Ramiro, no me habías dicho. Tráete las cervezas, vamos a mi casa.
Sin esperar respuesta alguna dio media vuelta para dirigirse a su pick up, Ramiro siguió a Felipe mientras yo limpiaba la basura que dejábamos y recogía las cervezas, ya para subirme a la camioneta Felipe volteó para conmigo.
-¿Tú a dónde vas güerito cabrón?
-¿Cómo que a dónde, si ya nos vamos?-. Felipe me miró malicioso y sonrió.
-Súbete pues, nos vamos.
Me fui atrás, sentado sobre la llanta de refacción, con la hielera entre las piernas. Disfrutaba del aire de la carretera cálido y húmedo, caía la tarde y el sol pegaba con benevolencia. Felipe manejaba a velocidad moderada. Les destapé otro par de cervezas en el trayecto, no habían bebido mucho pero ambos andaban muy alegres, durante todo el camino no pararon de carcajear, hasta yo me sentía contento.
Llegamos a casa de Felipe, pasamos directo al patio. Arrimé unas sillas bajo un arbolito recién regado, Ramiro se sentó y Felipe llamó a gritos a su papá. El viejo salió de por ahí saludando, antes de acercarse más, Felipe le dijo:
-¿Cree usted apa? Aquí Ramiro dice que se va a robar a la Nena.
-¡Ah chinga! Ni que fuera perro o gallina.
-Pues, aquí Ramiro se sostiene, dice que sí, que se la roba-, afirmó irónico Felipe.
El viejo, molesto por la insistencia burlona y previendo la seriedad de la situación, estalló con cólera mesurada.
-¿Bueno, y para qué me lo traes aquí, entonces?
-Porque aquí el patio está muy grande-. Dijo al tiempo que sacaba la escuadra que siempre llevaba fajada a la cintura, y tiraba sobre la humanidad de Ramiro cuatro tiros, todos certeros, el primero a la cabeza. Bajó el arma, volteó para conmigo y me preguntó:
-¿Cómo ves?-. Impactado por los giros que toma la vida, no acerté otra cosa qué contestar que lo que veía.
-Está muerto, bien muerto.
-Sí, ¿Pero cómo ves?-, insistía en preguntarme algo que sonaba a nada. Yo veía con la mente los segundos anteriores, cuando la carne crispada reventada por un proyectil manaba sangre en gotas que fueron a parar al suelo y a la pared. Un parpadeo me hizo volver al captar una luz, el reflejo de un anillo que el difunto llevaba en su mano izquierda.
-¿Me lo regalas?-, le pregunté mientras le señalaba el valor pedido, sonrió de buena gana y con un resentimiento apagado contestó.
-Claro, quítale todo lo que quieras.
Sólo me interesó la argolla, el espejo de aquella luz que se me había colado de reojo para adentrarse en el limbo de mis pensamientos, alojando para siempre en mi ánimo la huella indeleble de la muerte. Se la quité y la observé con detenimiento, era una argolla dorada, de buen peso, sin piedras, sólo relieves algo gastados. Pasaron unos minutos de tenso ambiente, por toda la casa se escuchaban pasos atrabancados, portazos y algunos gritos. Felipe fue por un petate, entre los dos envolvimos a Ramiro, lo amarramos con un mecate.
-Vete para la playa y regresa al rato-, me ordenó Felipe. Yo le dije que mejor jalaba para mi casa.
El anillo me quedó grande, no embonó ni por poco en ningún dedo de mi mano, opté por colgármelo en el cuello en un hilo de cáñamo. Así lo tuve tres días, hasta cuando Felipe me encontró en la calle, después del saludo habitual me dijo que no podía traer ese anillo, debía deshacerme de él, ya me compraría después otro.
Fue en esta playa, estaba parado en alguna de esas piedras, me descolgué la argolla, tenía por ella un aprecio especial, significaba para mi más que metal. Pasaron algunos minutos antes de vencer la dificultad de desprenderme de aquella joya, al fin ayudado por el hilo de cáñamo, la lancé con fuerza, con la idea de que nadie nunca volviera a tocarla.
El nuevo anillo que me regaló Felipe sí era de mi medida, pero mis manos son muy distintas ahora que cuando tenía doce años, es por eso que el día que ya no embonó en ninguno de mis dedos me lo colgué al pecho con una cadena, que porto como un amuleto que vibra con otro enterrado, como sé que lo está, entre los peñascos de esta playa.
Sentado en el tronco de una palma escuchaba y no, lo que Ramiro platicaba con Felipe. Haciendo mandados me ganaba el alimento así como la confianza y amistad de la gente del lugar, sin oficio ni rumbo me di cuenta que ser dócil, servicial y atento me daría el sustento, y ahí estaba yo, sentado en el tronco de una palma.
-De veras, me la voy a robar-, escuché otra vez decir a Ramiro, Felipe no paraba de reír.
-No te digo cuándo, pero así será Felipe, ¿No me crees?
-No, sí, sí puede ser, cómo no, pues mi hermana está muy joven y muy chula, pero ¿A poco de verdad te animarías?
-Como que te estoy diciendo- se jactaba Ramiro.
Felipe se soltó a reír a una vez más, cuando calló, dejó pasar unos segundos. Recompuso su desparpajada actitud y con fría voz serenada hizo la invitación.
-A qué Ramiro, no me habías dicho. Tráete las cervezas, vamos a mi casa.
Sin esperar respuesta alguna dio media vuelta para dirigirse a su pick up, Ramiro siguió a Felipe mientras yo limpiaba la basura que dejábamos y recogía las cervezas, ya para subirme a la camioneta Felipe volteó para conmigo.
-¿Tú a dónde vas güerito cabrón?
-¿Cómo que a dónde, si ya nos vamos?-. Felipe me miró malicioso y sonrió.
-Súbete pues, nos vamos.
Me fui atrás, sentado sobre la llanta de refacción, con la hielera entre las piernas. Disfrutaba del aire de la carretera cálido y húmedo, caía la tarde y el sol pegaba con benevolencia. Felipe manejaba a velocidad moderada. Les destapé otro par de cervezas en el trayecto, no habían bebido mucho pero ambos andaban muy alegres, durante todo el camino no pararon de carcajear, hasta yo me sentía contento.
Llegamos a casa de Felipe, pasamos directo al patio. Arrimé unas sillas bajo un arbolito recién regado, Ramiro se sentó y Felipe llamó a gritos a su papá. El viejo salió de por ahí saludando, antes de acercarse más, Felipe le dijo:
-¿Cree usted apa? Aquí Ramiro dice que se va a robar a la Nena.
-¡Ah chinga! Ni que fuera perro o gallina.
-Pues, aquí Ramiro se sostiene, dice que sí, que se la roba-, afirmó irónico Felipe.
El viejo, molesto por la insistencia burlona y previendo la seriedad de la situación, estalló con cólera mesurada.
-¿Bueno, y para qué me lo traes aquí, entonces?
-Porque aquí el patio está muy grande-. Dijo al tiempo que sacaba la escuadra que siempre llevaba fajada a la cintura, y tiraba sobre la humanidad de Ramiro cuatro tiros, todos certeros, el primero a la cabeza. Bajó el arma, volteó para conmigo y me preguntó:
-¿Cómo ves?-. Impactado por los giros que toma la vida, no acerté otra cosa qué contestar que lo que veía.
-Está muerto, bien muerto.
-Sí, ¿Pero cómo ves?-, insistía en preguntarme algo que sonaba a nada. Yo veía con la mente los segundos anteriores, cuando la carne crispada reventada por un proyectil manaba sangre en gotas que fueron a parar al suelo y a la pared. Un parpadeo me hizo volver al captar una luz, el reflejo de un anillo que el difunto llevaba en su mano izquierda.
-¿Me lo regalas?-, le pregunté mientras le señalaba el valor pedido, sonrió de buena gana y con un resentimiento apagado contestó.
-Claro, quítale todo lo que quieras.
Sólo me interesó la argolla, el espejo de aquella luz que se me había colado de reojo para adentrarse en el limbo de mis pensamientos, alojando para siempre en mi ánimo la huella indeleble de la muerte. Se la quité y la observé con detenimiento, era una argolla dorada, de buen peso, sin piedras, sólo relieves algo gastados. Pasaron unos minutos de tenso ambiente, por toda la casa se escuchaban pasos atrabancados, portazos y algunos gritos. Felipe fue por un petate, entre los dos envolvimos a Ramiro, lo amarramos con un mecate.
-Vete para la playa y regresa al rato-, me ordenó Felipe. Yo le dije que mejor jalaba para mi casa.
El anillo me quedó grande, no embonó ni por poco en ningún dedo de mi mano, opté por colgármelo en el cuello en un hilo de cáñamo. Así lo tuve tres días, hasta cuando Felipe me encontró en la calle, después del saludo habitual me dijo que no podía traer ese anillo, debía deshacerme de él, ya me compraría después otro.
Fue en esta playa, estaba parado en alguna de esas piedras, me descolgué la argolla, tenía por ella un aprecio especial, significaba para mi más que metal. Pasaron algunos minutos antes de vencer la dificultad de desprenderme de aquella joya, al fin ayudado por el hilo de cáñamo, la lancé con fuerza, con la idea de que nadie nunca volviera a tocarla.
El nuevo anillo que me regaló Felipe sí era de mi medida, pero mis manos son muy distintas ahora que cuando tenía doce años, es por eso que el día que ya no embonó en ninguno de mis dedos me lo colgué al pecho con una cadena, que porto como un amuleto que vibra con otro enterrado, como sé que lo está, entre los peñascos de esta playa.
